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Los poemas son pequeñas partes del alma del poeta, una luz dentro de las sombras. Y si esa luz desaparece ¿qué le queda más que el recuerdo de lo que una vez fue?
Hay finales perfectos, obras asombrosas, historias memoriables. Pero no serían nada sin un público que las sintiera. Sería lo mismo si estuvieran encerradas bajo llave a si nunca se hubieran escrito. El poema es expresión, evocación de los sentimientos. Muestra del afecto que el autor le tiene al lenguaje. Y sin este apoyo, ¿Que le queda sino perderse en sí mismo y olvidar sus obras?
Letras, palabras, oraciones. Hijas mías, ¡Únanse! ¡Llenen de pasión esta hoja que tanto temor me causa! ¡Alaben a Dios! Canten. Sientan. Perdonen. Griten lo que no puedo. Regocíjense con estructuras perfectas. Tomen la palabra exacta, necesaria, y colóquenla en el lugar preciso. Pero por Dios mismo, no vuevan a cometer este crímen. ¡No hullan! ¡Vuelvan conmigo! ¡Regresen al hogar! ¡A la pluma resbaladiza! ¡A la boca de donde salieron en soplo divino!
Miseria. Todo he perdido. Jamás será escuchado o leído. Poema de las mil voces ¡Escúchame! ¡Estás muerto!. Nunca naciste. No tuviste nombre, ni principio, ni fin. Moriste siendo gestado, imperfecto, interminado. Y si logras algún día regresar, estaré esperándote. Brazos abiertos. Cabeza en alto. Escucha mi último clamor, mi último ruego. Vuelve. Vuelve. Vuelve.

