Haiku 3
¿Cómo contar
Las maravillas de este
grandioso mundo?
¿Cómo explicar
una puesta de sol
a quien no ve?
¿Cómo narrar
el sonido del mar
a quien no öye?
Observándolo,
Todo llega a ser grande,
llega a ser bueno.
Este es el mundo,
De esto trata la vida,
No hay que temer.
Se solicita errero con experiencia
Recordando viejos tiempos llegas a revivir emociones, voces, imágenes. Tu cabeza da vueltas con todo esto y quedas absorto por tantas memorias. Recuerdas tu primer beso con la misma inocencia con la que lo diste. La vez que se te cayó un diente y lo guardaste bajo la almohada para que el ratón viniera y te dejara una moneda. Más adelante puedes recordar los primeros días en la escuela, de esa vez que te caíste o cómo disfrutabas la comida que te daban para el recreo.
Hay una ideología que se refiere al tiempo como una línea de adelante hacia atrás. Tienes el pasado frente a ti y el futuro está a tus espaldas. Se me hace más correcta esta acepción que la clásica de “el futuro adelante” ya que de este modo (el pasado delante) es más sencillo describir el paso del tiempo: Conoces lo que ya ocurrió, y puedes llegar a verlo de nuevo, mientras que el futuro es incierto, y mientras no haya gente con ojos en la nuca no se conoce lo que viene. Pueden ser sorpresas gigantes como las que podría yo decir. Impredecibles, y no las vez hasta que las tienes ya justo delante de ti.
Pero en cualquer caso, entre más alejado sea el pasado, más difícil es poder verlo (y para alguien con miopia aún más), aunque es muy reconfortante si lo consigues. Todos hemos cometido errores, grandes y pequeños, algunos hemos (me incluyo) cometido errores estúpidos y gigantescos. Podría llamarme Errero con experiencia. Pero los tiempos pasan y cambian, algunos de esos errores terminan cambiando nuestras vidas aunque otros sigan siendo errores grandotes y nunca se solucionen. Debo aceptarlos tal y como son, perdonarme mis tonterías y burlarme de mis aún más tonterías. La juventud es una virtud de la que no se debe confiar.
10:34
Han sido tiempos de cambio. No sabemos si para bien, no sabemos si para mejor. Pero lo que sí puedo asegurar es que esto ha ido creciendo, se ha desarrollado a su tiempo y hemos sentido como ha ido avanzando.
No somos buenos en esto de las etiquetas, y la misma sociedad nos ha estado orillando a utilizar términos que no sabemos tratar. Y nos burlamos de ello como si de un chiste se tratara. No importa, somos felices y disfrutamos de lo nuestro. Un día, una tarde a tu lado me permite conocernos, conocerme. Estás allí, a mi lado y todo lo demás desaparece. Borro de mi mente todo, y quedas sólo tú.
Ahora, que no estás cerca, intento recordarte en mis brazos, el molde nuestro, mundo nuestro, formo tu figura en mi mente y puedo sentirte, pero no es lo mismo, no es nada si no estás. Te extraño e imploro al cielo poder tenerte, abrazarte de nuevo y desaparecer del mundo de obscuridad que nos rodea para ir a nuestra cueva, hogar de nuestros sueños y esperanzas nuestras.
Te quiero como no me doy ni yo una idea, y esto sigue aumentando, y no quiero que se detenga, no quiero que pare. Pues tú has sido La Mujer. Gracias por hacerme sentir tan feliz y querer bailar y cantar contigo. Gracias por ese tiempo perdido y por esos momentos de enojo que aún siendo por nimiedades, cosas absurdas, sinsetindos, logras llevarme de nuevo a la tranquilidad de nuestro amor, a ti y a mí, uno solo.
Tal vez todo comenzó de forma extraña, diferente a la normal, pero todo calmó, ahora es una historia diferente, nada parecida, hemos crecido, tú y yo, conociéndonos, complementándonos, queriéndonos.
Han sido tiempos de cambio, y seguro son para mejor.
Realmente perfecto.
Se levantó aquella mañana de mejor ánimo que el que había tenido recientemente.
Su canción favorita sonaba en la radio cuando la encendió.
Aquel sería un día maravilloso, tenía esa corazonada.
Había estado deprimida toda la semana, y lloraba sin motivo y sin cesar.
Pero aquel sería un maravilloso día, no podía dudarlo. No le cabía la más ínfima duda.
Tomó una larga ducha con agua tibia, se vistió con ropa cómoda pero no informal, tomó un vasto desayuno que incluía varios de sus alimentos favoritos, y bailó mientras escuchaba la radio, donde un locutor daba información sobre la demencia con una buena música de fondo.
Se colocó los zapatos, recogió su habitación, arregló su cocina, desconectó los aparatos, tomó una taza de té y salió de casa. Miró su jardín antes de cerrar la puerta. Era un jardín extenso y lleno de variedad.
Recordó que su amante la visitaría esa noche para hablar respecto a una tonta riña.
¡Aquel sería un día maravilloso! El viento soplaba, el sol era ligero, el cielo estaba despejado…
La canción que había estado escuchando era horrenda, el agua de la regadera estaba helada, como de costumbre; su ropa le hacía lucir idiota, su desayuno había sido asqueroso, y todo lo que había escuchado de la demencia era una gran mentira.
Su jardín se encontraba lleno de yerba mala desde que su madre murió. Y su amante venía a casa sólo para decirle que no la amaba, recoger sus cosas, e irse a revolcar con la zorra de su mejor amiga.
¡Aquel sería un día maravilloso! Porque el viento soplaba, el sol era ligero, el cielo estaba despejado, y un autobús se dirigía a ella sin la intención o posibilidad de detenerse.
Sí, aquel era, un maravilloso día.
Morir durante un Orgasmo.
La luz titilante de los televisores en el escaparate llamó su atención.
No era de la clase de personas que fijaban en aquellos detalles, demasiado insignificantes a su criterio como para importar y siquiera ser dignos de su vista o cualquiera de sus sentidos; pero aquello le figuró diferente, como si debiera mirar.
Como si, simplemente estuviese destinado a escuchar lo que el reportero, indiferente ya de cualquier hecho, causa de los gajes de su oficio, estaba por decir.
Quizá influía el hecho de que, pese a la hora ─ No tan tardía─ y aun cuando aquella tienda permanecía, riesgosamente abierta a los transeúntes, la calle se encontraba vacía. Extrañamente fría y vacía.
O a que él mismo se sentía más vacío de lo normal.
Miró por un rato la pantalla cuando esta permaneció estática en la intensidad y tonalidad de los colores. La escena parecía haberse congelado y una exclamación de sorpresa se atoró en su garganta antes de ser sustituida por una sonrisa vaga y placentera.
Así que era eso… Entonces estaba muerto.
Muerto de verdad. Incluso podía ahora ya, mirar su cadáver; yacía del otro lado del monitor, expuesto, completamente desnudo sobre aquella amplia cama que apenas conocía, pues no era ni remotamente suya.
Y podía recordarlo. Cada segundo, cada tacto, cada roce con su piel. Cada gota de sudor recorriendo su cuerpo. Ahora podía recordar incluso cada variación en su voz. Y en la contraria.
“Chico caucásico, pelirrojo, se estima que de no más de veinte años de edad. Estatura promedio, complexión delgada y facciones finas. Ojos claros y evidente uso de maquillaje oscuro.
Fue encontrado a tempranas horas de la mañana por la recamarera, ya que, aparentemente, la habitación debió ser desalojada una hora antes de que ella se presentara a realizar la limpieza.
El gerente no ha dado más información, salvo el hecho de que el acompañante del occiso, un hombre joven, tenía apariencia oriental, ojos y cabello negro, y piel extremadamente clara.
Los detectives y médicos forenses presumen haya sido un posible crimen pasional, ya que se han encontrado restos de reciente actividad sexual. No se han encontrado las pertenencias, por lo que no ha sido posible identificarle…”
El presentador asentía ante las palabras directas de la escena del crimen, pero a él ya poco le importaba, puesto que ni siquiera tenía una familia; poco relevante era si lo identificaban o no.
Un aire frío se mezcló con él, y por un momento pudo sentirse parte del viento. Se sintió estremecer, sin saber si aquello era realmente posible ahora que, al fin y al cabo, estaba muerto.
Pero muerto y siendo aire, el estremecimiento no cedió, trayendo remembranzas de su noche pasada, del calor que se siente en vida. Del último éxtasis que recorrió su cuerpo.
Morir durante un orgasmo.
Lo había pensado así antes de salir de casa aquella mañana, y lo olvidó en el transcurso de su decadente y monótono día.
Lo único relevante que puede tener la vida son los aires que la muerte se permite entremezclar con ella. Porque no hay nada más seguro y excitante que la muerte.
Pero aquellos pensamientos matutinos se sumergieron en la jornada de aquel viernes, arrastrados en el olvido hasta un bar, revolcados en alcohol y ahogados en un callejón. Acallados por los besos de un extraño; furiosos y penetrantes como aquella mirada ébano.
Se sentía enfermo de sí mismo. Bajo, vil, ruin… Pero poco le importaba. Él quería aquello como el orgasmo que iniciaría su fin de semana. Uno que, por esta vez, no terminaría.
Un motel de mala muerte y un par de copas más. Menos ropas de por medio y caricias sueltas aquí y allá.
Era doloroso, pero placentero; y por un momento se sintió lleno.
Cada gota de sudor sobre su cuerpo, el tacto indeleble y febril. Rudo y poco sutil. Una lengua, dos pares de labios y una serie de fluidos ─ sintéticos y humanos─. Gritos, gemidos, jadeos y suspiros volátiles.
Como un extraño atractivo, atrayente y llamativo, que te arrastra de un bar a un callejón u de ahí a un motel promedio y barato.
Un frufrú insistente entre sonidos húmedos.
Se sentía sucio y sodomizado. Pero sólo así completo, lleno, satisfecho.
La sangre se acumulaba como en una cascada ascendente, estancándose y preparando para hacer explotar en un murmullo suave y siseante. Se estremeció con un gusto afable y un calambre suave.
Un dolor punzante se instó en su cuello antes de llegar, pero el mar de sensaciones lo arrastró junto con él, entremezclándolo en una ola de placer.
Lo sintió, sólo por unos segundos antes de rendirse por completo en una vorágine vomitiva, espasmódica, pero tranquilizante.
Un punto oscuro se apareció ante sus ojos; pudo reconocer aquel par de pupilas que se expandieron en la negra neblina de un gemido claro y agonizante.
“Morir durante un orgasmo”
Entonces recordó su absurdo pensamiento de aquella mañana.
“… La causa de la muerte ha sido un suave veneno inyectado directamente sobre su nuca. Se teme que este le haya hecho agonizar durante varios minutos antes de sumergirlo en la inconsciencia…”
Oh, sí. Morir en la tortuosa agonía del éxtasis.
Morir durante un orgasmo.
Asfixia
Ya estaba cansado de estar siempre feliz, de ser el siempre sonriente. Estaba harto.
El cuerpo humano no es tan tolerante, los sentimientos explotan.
Una persona es un animal; un animal tiene instintos. Uno de los instintos de las personas es expresarse. Es evidente que, en el transcurso de una vida debemos soportar un montón de cosas, pues vivir lo implica.
Pero es imposible, por el simple gusto e instinto de no hacerlo posible, porque somos humanos, que una persona mantenga una fase neutra durante toda su vida. Es cansado. El cuerpo quiere descansar. Y, cuando es el alma y el corazón los que se han fastidiado, ya no existe vuelta atrás.
Él quería libertad.
La rabia bullía por su cuerpo, le transpiraba y sus ojos se habían llenado de lágrimas de ira.
Había alcanzado un límite aún más allá de lo humanamente razonable. Necesitaba explotar.
Necesitaba matar a alguien… Tenía muchas razones para estar molesto.
Así que decidió conseguir ayuda.
No era un simple pensamiento, deseo o anhelo; era una necesidad real.
No estaría satisfecho hasta matar a alguien.
Por eso acudió a aquel sujeto. La casualidad es grande cuando el destino es oportuno. Aquel hombre no le pidió nada más que el derecho de poder presenciar el asesinato.
Aquel hombre eligió el lugar, el momento y la persona… ni siquiera le pidió razones.
Se reunieron en una bodega oscura, donde se aglomeraba la frialdad, silbando a través de las rendijas rudimentarias de las paredes abolladas y los vidrios rotos.
Era un lugar siniestro, que se fundía con su alma.
Ni siquiera preguntó el nombre de la víctima inocente. Era un verdugo injusto descargando su frustración contra alguien cuyo rostro no había siquiera mirado, tan solo por no poder asesinar al culpable de su ira.
No tenía ni la oportunidad de defenderse ni la suerte de la piedad. No era nada personal, pero iba a ser asesinado. Tan sólo por cansancio.
Ya era una existencia putrefacta. Él era quien debía morir, pero se negaba a aceptarlo.
Por eso golpeo aquel cuerpo inmovilizado; le azotó, le apaleó, le gritó; se montó sobre él mientras presionaba su cuello con una fuerza igual de inhumana que su sufrimiento, azotándole la cabeza contra el húmedo suelo, cubierto de sangre. Oscura sangre inocente que manchaba sus manos, liberándolo de su frustración.
Y cada golpe que acertaba le valía una sonrisa que se retorcía en una estruendosa carcajada.
Estaba dolido; estaba desesperado; su ira se incrementaba en una vorágine de adrenalina que se elevaba hasta su cabeza y era escupido en insultos irracionales.
Y aquel hombre miraba. Tan sólo miraba.
Miraba y sonreía con satisfacción. Lo disfrutaba. Lo disfrutaba demasiado…
Sus orbes estaba llenas de terror y desesperación, pero su boca era incapaz de producir ruido alguno. Su sangre corría ya por todo el piso y, mientras su dolor menguaba y se volvía más insoportable, la mirada de su atacante se tornaba más iracunda, llena de deseo y anhelo; la adrenalina le bullía.
Lo mantenía sujeto por los hombros, su boca se reprimía en rabia y lo golpeaba una y otra vez, subiendo y bajando su cabeza; el ruido seco se iba humedeciendo en tanto la sangre corría. Sentado sobre sus piernas, le levantó hasta que quedaron frente a frente, sin poder mirar su rostro en la oscuridad, sonrió como nunca lo había hecho, en una mueca retorcida llena de satisfacción y, desde ahí, lo impulsó para dejarle caer con fuerza.
Todo había terminado. Ahora sabía que tan sólo necesitaba matar a alguien de vez en cuando para sentirse mejor.
Las luces se encendieron logrando que su pupila reaccionara haciéndose pequeña.
Encandilado, miró alrededor, frotándose los ojos; el hombre seguía ahí, y sonreía retorcidamente con sorna. Aquellos orbes oscuros brillaban en deseo y él no pudo más que reírse por el placer de aquel sujeto. Quería ver más.
-Míralo.- Su voz resonó profunda por toda la bodega vacía llenándola de eco.
Giró cabeza lentamente, y su mueca de satisfacción se torció en una de horror.
Ahí, sobre el suelo, yacía su mejor amigo…
No está.
Mamá se ha ido, mamá no está, y quisiera por lo menos, ser capaz de llorar.
Porque debería doler. Algo se debería significar. Y me siento de papel, porque quiero llorar. Pero las lágrimas no salen, el papel debe mantenerse seco.
¿Dónde estás ahora mamá? ¿Por qué te sigo evocando en mi soledad? ¿Dónde debo ir ahora si no tengo lugar? ¿Cómo dejo el dolor, mamá?
Te quiero preguntar, quiero que tú tengas las respuestas. Pero no estás, hace tanto que no estás, que ya no hay preguntas que puedas contestar.
Quiero llorar por algo que debería hacerlo, quiero sentir que eres tú lo que falta aquí; pero no eres ya, lo que las lágrimas aquí hace aflorar.
No me puedo quejar, si te amo y es lo que querías.
No podemos lamentarnos por algo que no existe ya. Pero yo sigo sin tener un lugar.
¿Dónde me dejaste, mamá?