En días como estos. (Santos) Y en los demás también.
Bebí la última gota del trago de vino que me había servido ya en aquella copa de bronce y con esta, conocí el final de mis días; no, no contenía veneno ni alguna otra sustancia letal, era sangre. Y que conste que tampoco me refiero a cosas de “vampiros”, ni de ninguna de esas paganerías que han vuelto al mundo un nudo de ignorancia. Yo les estoy hablando de la preciosisima sangre derramada por aquel que os dejó su legado y limpió nuestras culpas. También comí de su carne y le oré. “Padre tu que puedes destruir un templo y reconstruirlo en tres días, te hago esta humilde súplica: así como tú, que moriste, que pasaste por la humillación del mundo, caíste tres veces, fuiste torturado y despreciado, tú que exhalaste tu último aliento en la cruz, porfavor, hazme morir a mí también, para ya no ser lo que ahora soy, no importa por lo que pase, pero matamé señor para luego poder resucitar en luz”.
Y es así como las personas resucitan en vida, dejando sus vidas pasadas atrás y renaciendo desde las cenizas con nuevas vestiduras.